Avatar: ¿Ciencia ficción o documental histórico basado en hechos reales?
(Recomendación: antes de leer este post, ver Avatar y en la medida de sus posibilidades en algún cine 3D)
Minutos después de sacarme los anteojos 3D que me permitieron ver Avatar en más de 3 dimensiones, me hice la primera pregunta a la que me trasladó la película. ¿Será posible que un cuento de Ciencia Ficción se haya convertido en el siglo XXI en un mero espejo de la realidad? ¿Cómo es posible analizar la realidad a través de una película que parece mostrar una vida semi humana en un planeta distante y luego siglos de avance de la tecnología, en especial la armamentística? ¿Cuál es el mensaje político que este simple film futurista trae aparejado?
Según muestra una nota de Ernesto Tenenbaum publicada en la Revista XXIII, algunos pocos trataron de ver en dicha película un ejército norteamericano tratándose de defender del “terrorismo” que querían imponer los “malvados” e “incivilizados” navies que, al no entender del funcionamiento de la sociedad capitalista, seguían manteniendo una vida social y espiritual con una conexión muy especial con una tierra que, a pesar de su misticismo, estaba valuada en millones de dólares por sus riquezas naturales.
Pero pese a estas posturas marginales e incoherentes, lo evidente del film es justamente lo que el periodista sí observa en la historia: un ejército norteamericano dispuesto a derribar lo que fuera con tal de no desperdiciar la altísima ganancia que podía extraerse de aquel suelo. Caiga quien caiga, destruya lo que se destruya, todo estaba justificado en base al fin último: entregarle al mundo capitalista la mayor riqueza de la época. (Cualquier similitud con Irak, Afganistan y el mundo del petróleo es mera coincidencia JA!)
Sin embargo, más allá de lo evidente, no escuché a nadie analizar la actitud del héroe de la película y sus compañeros científicos, quienes lejos del salvajismo militar, no comprendían cual era la necesidad de semejante destrucción, pero no dejaban de responder a un mero interés económico y capitalista, por lo menos en un principio.
Si prestamos exclusiva atención, el objetivo de este grupo de “bondadosos” intelectuales e investigadores, no era respetar las creencias, ritos y vivencias de los nativos, sino por el contrario, se esmeraban en una colonización pacífica que sirviera para que la comunidad aprendiera el lenguaje “universal”, imitara “nuestra” cultura occidental y cristiana y entendiera que su hogar era un montón de riqueza económica y que ello los podía trasladar a una “vida mejor” si aceptaban un traslado pacífico de su lugar de existencia histórica y se adaptaban a la “civilización”.
Esto me llevó a pensar en la importancia trascendental de los intelectuales. Como buen gramsciano debo reconocer que esta teoría de construcción de intelectuales que acompañen con sus saberes, una hegemonía de pensamiento que justifique la dominación no es algo novedoso ni original. Lo sorprendente es la claridad con la que se ve este mensaje en la historia que cuenta James Cameron. Aunque probablemente seamos pocos quienes tengamos un contacto fluido y cotidiano con el lenguaje de Antonio Gramsci, el mensaje aparece tan resaltado como un cartel de neón y sin embargo nadie parece notarlo. Es que esta es justamente la demostración de una gran victoria de aquellos héroes que con delantales y anteojos reemplazaron a los de trajes verde oliva y armas de fuego, organizaron una sociedad, le dieron contenido teórico y justificación a un sistema opresor ganando la batalla ideológica que en ocasiones termina siendo más decisiva que una operación militar.
La posición tomada por la doctora es casi calco de la mayoría de nuestros profesionales en todas las áreas científicas (incluidas las áreas económicas, legales, políticas y también sociales y culturales), sólo contra la lucha de pequeños reductos de rebeldía bastante desparramados y aislados. El caso paradigmático es nuestra Universidad, la UBA y la lucha por su democratización que los estudiantes llevamos a cabo hace años.
Volviendo a la nota del periodista de Radio Mitre y TN, no será muy difícil ver en semejante obra de arte una analogía a las tremendas invasiones que los Estados Unidos han realizado en la última década a Irak y Afganistán. Incluso imaginando la mirada que muchos tienen de los pueblos árabes, no me cuesta mucho sospechar que muchos son los que los creen “semi hombres” y se ríen de su cultura, sus creencias y sus misticismos dando por sentado que, a pesar de tener en exceso la mayor riqueza capitalista del momento (el petróleo), todavía no han madurado como sociedad, no se han “civilizado y culturizado” y no pueden comprender como pueden acceder a una vida humana correspondiente al siglo XXI. Sólo que a esto habría que agregarle, como dije, el usufructo de muchos intelectuales autoreconocidos pacifistas que en pos de sostener intelectualmente un “choque civilizatorio” (¿Qué habrá pensado Samuel Huntington de la civilización navy?), tratan de escaparle a la matanza indiscriminada pero no rechazan la factibilidad de cooptar a los nativos en pos de su propio “progreso” y el “progreso de la ciencia”.
Igualmente, como parte de un renaciente y floreciente marxismo latinoamericano y reivindicando nuestra propia historia, tradición y cultura debo ir más allá de lo obvio que transmite la película. Yo no vi en ella solamente una réplica fantasiosa de las invasiones a Medio Oriente. Yo no observé allí ninguna historia de ciencia ficción de un posible funcionamiento tecnológico del imperio más poderoso del mundo en los siglos venideros. Yo salí de la película recordando y rememorando los más de 500 años de opresión que lleva sobre su espalda la cultura latinoamericana. Recordé las tropas españolas llegando por primera vez a “colonizar” lo que creían las indias. Me vienen imágenes de la hiperexplotación de las minas de Potosí, la cantidad de oro y plata que se han robado de las entrañas de nuestro continente (que a decir de Eduardo Galeano sobraría para construir un puente de oro y plata que cruce todo el Océano Atlántico).
Pero no sólo eso, habría que retomar aquí la lucha entre ingleses, españoles y franceses por adueñarse de lo desconocido, de la cultura mística y atrasada que había que desmantelar y “sacar del árbol mágico” (las minas). Las invasiones de 1806 y 7, la guerra contra el Paraguay y la lucha por Haití. No podríamos dejar de mencionar a los misioneros jesuitas que cumplían el rol de los “buenos científicos” que no querían matar a todo lo salvaje, sino “civilizarlo”.
Aquí deberíamos seguir con El Facundo de Sarmiento, la lucha contra la barbarie, la conquista del desierto de Rosas y luego de Roca, la fomentación de inmigración blanca y civilizada que esperaban Alberti y compañía, etc etc.
Como olvidarme de la intromisión de los Estados Unidos una vez que consolidó sus fronteras y sus conflictos internos. Intromisión que afectó especialmente al Caribe y a Centroamérica, pero que llegó con el Big Steak a las costas más australes de la Patagonia argentino-chilena. Como no mencionar la anexión de Puerto Rico, Hawaii, la construcción del canal de Panamá, la participación en los frigoríficos argentinos y uruguayos, la operación Condor en la zona del Mercosur, su ferviente apoyo a las dictaduras militares y finalmente el Consenso de Washington de la década menemista.
Como no pensar tampoco en lo que pasa actualmente en Nuestra América, en la postura yanqui frente al tremendo sacudón haitiano, la neutralidad de la Casa Blanca frente al golpe hondureño, las bases militares en colombia, la super explotación de las minas a cielo abierto que no dejan de dañar la salud y la naturaleza de nuestros hermanos sanjuaninos, catamarqueños y puntanos. Como dejar de lado la persecución política que sufren dirigentes como Evo Morales por su ascendencia indígena. Las luchas por los recursos naturales como el petróleo, el gas, el cobre, el zinc y otros minerales que nuestros suelos nos han regalado; la decidida incrementación de plantaciones de soja y otros elementos que destruyen los suelos, o la inapropiada utilización de técnicas y tecnologías abandonadas en los primeros mundos por su afectación al planeta pero que parecieran no afectar a nuestros ríos (la pastera Botnia), nuestras tierras fértiles (glifosato) y hasta nuestro aire (smog de las fábricas).
Es que yo observaba el lenguaje navi y si cerraba los ojos imaginaba un idioma tipo quechua, guaraní, aymara y tantos otros dialectos y lenguajes que por mi condición de blanco occidental y judeo cristiano sólo conozco de nombre. Miraba la conexión de estos seres con su tierra natal e imaginaba las terrazas incaicas, las pacha mama del norte argentino y Bolivia, las ruinas peruanas y mexicanas, el estudio maya del sol y la luna, etc etc. Miraba su sociedad y su conexión social que inaginaba los Ayllus que describe José Carlos Mariátegui.
No quiero contradecir a los especialistas críticos de Cine y espectáculos, no quisiera negar que Avatar es un film de ciencia ficción, pero yo no dejo de pensar en un simple documental histórico que buscó recursos originales y sorprendentes para contarnos sobre el comportamiento del imperialismo desde su creación, desde su existencia. No creo que se diferencie dicho accionar en las colonias africanas, en las islas oceánicas o en el Medio Oriente asiático, pero mi subjetividad me hace descubrir en Avatar, los “avatares” y problemas de mi historia como Latinoamericano. Me sacó los anteojos 3D y veo una realidad que se parece bastante a la de la pantalla. Prenden la luz de la sala y no logro desconectarme de la escena de invasión, de la lucha por la dignidad, de las ganas de resistir y sobrevivir de los Navies que es igual a la de nuestros pueblos, de la idea de libertad y de abandonar de una vez por toda la opresión imperial que nos acosa hace más de 5 siglos.
Ojalá algunos políticos con responsabilidades lloren al ver el amor entre dos seres de culturas tan diversas, ojalá algunos líderes de opinión se reconozcan en la voz del héroe y elijan, como él lo hizo hacia el final de la películar, la vía de la liberación, de la independencia y de la lucha por la dignidad. Dicho héroe “jolibudense” nos deja abierta la esperanza de que otros líderes vuelvan a sentirse parte de los oprimidos, se reconozcan con el débil y se liberen de la cultura hegemónica que los oprime a ellos también.
Muchos grupos sociales y populares estamos trabajando en esa tarea y ahora también algunos líderes políticos de Nuestra América acompañan esos procesos de base y buscan el socialismo del siglo XXI, el socialismo andino u otras variantes revolucionarias. Pero no me conformó. Escribo, pienso, actúo para que el mensaje de Cameron llegue con claridad, para quienes tengamos la fuerza de luchar nos reunamos todos en pos de la libertad y la dignidad. Que Avatar no sea una película más, que sea un ejemplo. ¡Seamos como el Che!

Totalmente de acuerdo... pero sumo una cosita más.....
ResponderEliminarA la hora de luchar con el imperialismo, los Navy no estaban solos.....
Sumaron fuerzas con todas las culturas y poblaciones aledañas...
"Hey no!! Basta ya!! Ven unámonos!! Hey no!! Basta ya!! organización!!!
Los pueblos vencidos jamás estuvieron unidos, Los pueblos unidos, jamás serán vencidos!!!"